El  eclipse y nuestras horas oscuras

por parroquia

El pasado 12 de agosto, hemos vivido un acontecimiento que nos dejó a todos mirando hacia arriba: un eclipse que oscureció el cielo en pleno día. Durante unos minutos, la luz se apagó, el ambiente se volvió extraño, y la naturaleza pareció detenerse. Muchos lo contemplaron con asombro; otros, con cierta inquietud. Pero todos experimentamos lo mismo: la luz puede desaparecer incluso cuando creemos que el día está asegurado.

Ese eclipse es una imagen poderosa de lo que tantas veces ocurre en nuestra vida. Hay momentos en los que, sin previo aviso, todo se oscurece: una enfermedad, un conflicto familiar, una preocupación que no cesa, una pérdida que nos deja sin palabras. Son nuestras horas oscuras, esas situaciones en las que sentimos que el sol se ha escondido y que la claridad no volverá.

La oscuridad del eclipse no era definitiva. Tampoco lo son nuestras sombras. Pero cuando llegan, nos desconciertan, nos paralizan y nos hacen preguntarnos dónde está Dios.

La fe en tiempos de eclipse

El Evangelio que escuchamos estos días nos presenta a los discípulos en plena noche, con el viento en contra y la barca sacudida por las olas. Es la cuarta vigilia, las horas más oscuras. Y es ahí donde Jesús se acerca, caminando sobre el agua, y pronuncia unas palabras que atraviesan los siglos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”

La fe no es un seguro a todo riesgo que evita las tormentas. La fe es la certeza de que no estamos solos en ellas. Es la confianza de que, aunque el cielo se oscurezca, Jesús viene hacia nosotros. Y viene siempre.

El eclipse del día 12 nos recordó que la luz puede desaparecer, pero también que la luz vuelve. Así actúa Dios: no evita que llegue la sombra, pero nos acompaña dentro de ella y nos conduce de nuevo hacia la claridad.

Una llamada para nuestra comunidad

Como parroquia, estamos llamados a ser luz en los eclipses de los demás. Acompañar, escuchar, sostener, rezar juntos. A vivir la fe como un encuentro personal con Jesús que ilumina incluso cuando todo parece oscuro.

Cuidemos la oración, que es como encender una lámpara en la noche.

Recordemos que, como en el eclipse, la oscuridad no tiene la última palabra.

El cielo volverá a brillar. Y mientras tanto, caminemos juntos, confiando en Aquel que nos dice: “Ánimo, soy yo.”

 

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