La fiesta de la Candelaria siempre nos devuelve a una escena luminosa y profundamente humana: María y José entrando en el templo con el Niño Jesús en brazos, ofreciéndolo a Dios y poniéndolo en manos de la comunidad creyente. Allí los esperan Simeón y Ana, dos ancianos que, con su fe sencilla y perseverante, reconocen la luz que llega al mundo y la acogen con alegría.
Esa imagen sigue viva hoy en nuestras parroquias. También ahora hay muchos “Simeones” y “Anas”: abuelos y abuelas que, con discreción y ternura, sostienen la fe de sus familias. Son ellos quienes enseñan a los nietos a hacer la señal de la cruz, quienes los llevan al templo, quienes les hablan de Jesús con palabras sencillas y con una vida llena de fe. A veces, incluso sin darse cuenta, están sembrando en esos pequeños las primeras semillas del Evangelio.
Pero esta fiesta no es solo un homenaje a los abuelos. Es también una llamada a los padres. Igual que María y José presentaron a Jesús en el templo, también hoy se invita a las familias a presentar a sus hijos para el bautismo, a traerlos a la comunidad cristiana, a acompañarlos en su crecimiento espiritual, a enseñarles a rezar y a ayudarles a recibir los sacramentos que alimentan la vida cristiana. La fe no se transmite por inercia: se contagia con gestos, con presencia, con ejemplo.
En un tiempo en el que tantas casas han perdido signos religiosos y tantas familias viven instaladas en la indiferencia, la Iglesia quiere recordar que la fe es un regalo que sostiene, ilumina y acompaña. Y que los niños tienen derecho a recibir ese tesoro. Los padres y abuelos pueden ser los primeros testigos, los primeros catequistas, los primeros sembradores de esperanza.
Por eso, en esta Candelaria, damos gracias. Gracias a los abuelos que rezan por sus nietos, que los acercan a la parroquia, que mantienen viva la llama de la fe en sus hogares. Gracias a los padres que, aun con dudas o cansancio, siguen presentando a sus hijos ante Dios. Gracias a todos los que, como Simeón y Ana, reconocen la luz y la transmiten.
Que el Señor bendiga a nuestras familias y a todos los que ayudan a que la fe siga pasando de corazón a corazón. Y que, como aquellos ancianos del templo, podamos decir un día con paz y alegría: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”.
