La parroquia de San Xoán Bautista de Carballo vivió hoy jueves 27 de noviembre una de esas tardes que quedan grabadas en la memoria colectiva. Coincidiendo con la festividad de la Virgen de la Medalla Milagrosa, muchos devotos se congregaron a las ocho de la tarde en el templo parroquial para participar en la misa solemne presidida por el párroco, José García Gondar.
Durante la homilía, el sacerdote condujo a la comunidad por un recorrido espiritual que unía el cierre del año jubilar con la preparación interior para la Navidad. Subrayó el sentido maternal de María y su cercanía constante a quienes sufren.
Una devoción con más de un siglo de historia
La devoción a la Virgen de la Medalla Milagrosa en Carballo no fue fruto de la casualidad. Tal y como se recordó durante la celebración, echó raíces profundas en la parroquia desde comienzos del siglo XX. En 1912, la imagen que hoy se venera en la capilla fue traída por don Ramón y doña Basilisa, y desde entonces generaciones enteras acudieron a aquel pequeño santuario en busca de consuelo, protección y esperanza.
A lo largo de los años, la capilla se convirtió en un lugar de peregrinación discreta pero constante, un espacio donde las súplicas y las promesas se renovaron con gestos humildes. La comunidad recogió aquel día, con gratitud, toda una historia de fe tejida a lo largo de más de cien años.
Un vínculo espiritual con Roma
Otro de los momentos significativos de la jornada fue el recuerdo de la especial unión que la capilla de la Milagrosa mantiene desde 2012 con la basílica de Santa María la Mayor de Roma. Gracias a esta afinidad espiritual, concedida por la Santa Sede, los fieles podían obtener indulgencia plenaria en fechas concretas y también mediante peregrinaciones a la capilla.
El pasado 7 de septiembre se había presentado oficialmente en Carballo la placa traída desde Roma que testimoniaba ese vínculo con uno de los templos marianos más importantes del mundo. Aquella unión situaba simbólicamente a la pequeña capilla carballesa dentro del gran mapa espiritual de la Iglesia universal.
La medalla: fe, compromiso y memoria
La entrega de la Medalla Milagrosa fue uno de los gestos más esperados de la misa. No se trató, como insistió García Gondar, de portar un objeto supersticioso, sino de asumir un compromiso visible.
El reverso de la medalla -con la cruz, la “M” y los corazones de Jesús y María- fue explicado como símbolo de la unión inseparable entre madre e hijo en el misterio de la salvación. El gesto de llevar la medalla a los enfermos, a los mayores y a los niños fue presentado como un acto de transmisión viva de la fe, más allá del objeto material.
Nace “A Milagrosiña”, un nuevo camino de peregrinación
En la víspera de la fiesta, los sacerdotes José García Gondar y Plácido Romero presentaron una iniciativa que despertó gran interés entre los fieles: el Diploma del Peregrino Devoto de la Milagrosa, bautizado popularmente como A Milagrosiña.
El reconocimiento nació como un símil de otros diplomas de peregrinación como la Compostela de Santiago, la Muxiana o la Fisterrana. A partir de ese momento, quienes cumplieran las condiciones marcadas por la Penitenciaría Apostólica y peregrinaran a la capilla podrían obtener tanto la indulgencia plenaria como este nuevo diploma acreditativo de su camino espiritual.
Los fieles debían cumplir los requisitos habituales: confesión sacramental, comunión eucarística, oración por las intenciones del papa y visita a la capilla, participando en la misa, el Rosario, el Vía Crucis o, al menos, rezando el Padrenuestro y el Credo.
Junto al diploma, se entregaban también la medalla, un rosario y el devocionario de la Milagrosa. Además, se anunciaba la apertura de un libro de registro de peregrinos, donde cada devoto podía dejar constancia de su paso por la capilla. La Milagrosiña fue concebida como un testimonio del camino interior de cada creyente y como un recuerdo tangible de su encuentro con la Virgen.
Un día que unió pasado, presente y futuro
La fiesta de la Medalla Milagrosa en Carballo fue, en definitiva, mucho más que una celebración litúrgica. Fue un día de memoria por quienes ya no estaban, de agradecimiento por una devoción centenaria y de impulso hacia nuevas formas de peregrinar y vivir la fe.



