El cardenal Quiroga

por parroquia

     Las obras de restauración del Pórtico en la Catedral, y las que todavía siguen como preparación del Año Santo, no permitieron visitar la tumba del amado cardenal Quiroga, como tampoco la de su antecesor Muñiz de Pablos. Ambos ocupan los extradoes de un arco que pertenece a la llamada Catedral Vieja con la que el Maestro Mateo pudo fundamentar su Pórtico de la Gloria.

    No tenemos, pues, acceso a ambas sepulturas que nos gustaría visitar en nuestros recorridos por la gran basílica. Con oración y recuerdos en los labios y el corazón, a veces, con contenida emoción, nos acercamos a las lápidas broncíneas que cubren los restos mortales de los dos últimos prelados fallecidos en Compostela.

    Textos latinos, muy afortunados, concisa, redacción, creemos, del canónigo Ángel Pascua Moronto, experto latinista.

    Los que sobrepasamos, con mucho, los años de vida del cardenal, nos preguntamos cómo pudo derrumbarse aquella fortaleza física de Quiroga. Recibiera de Dios una sorprendente elegancia y prestancia en sus gestos y movimiento. Cuando se le hizo un homenaje con motivo de su cardelanato, el inspirado poeta Donato Dosil comenzaba su poema con estos versos: “Era tu veste una llama, llama de seda y cristal, que encandilaba los ojos de los niños al pasar”.

    En marzo de 1.971, cuando se celebró en la Catedral una Misa con motivo de los 25 años de episcopado, Quiroga, que debía presentirlo, habló de su muerte: “Más pronto, que tarde”, dijo. Y así fue.

    En el desgaste de aquella humanidad estaba la profunda pasión que el cardenal sentía y padecía por la Iglesia. Por ello sufría calladamente, era su carácter enérgico y sabedor de ello, puso en su escudo el texto de S. Pablo: “Hágase todo en caridad”.

    Entendemos que la precipitada retirada de los enfermos en 1.953 que había en el Hospital Real para trasladarlos al edificio levantado en Calle Galeras fue un gran disgusto que tuvo que soportar. Todo se hacía por el Año Santo de 1.954.

    La separación de lo profano y lo religioso en las fiestas de nuestras parroquias era un corte doloroso en las costumbres gallegas.

    Pero en los últimos años de su vida percibió como el alumnado del Seminario decrecía; y había quejas como nunca hubiera. ¿Cómo orientar los nuevos tiempos en el Seminario?

    Todavía más. Los primeros años posconciliares trajeron inquietudes al clero, siempre pacífico. Fue suprimido por el Concilio el tradicional sistema de nombramiento de párrocos. Aparecen las primeras secularizaciones. Todo amenazaba desestabilización.

    Y Quiroga no pudo soportar todo ello. Y Dios le llamó, como a un siervo fiel y prudente. He ahí un sacerdocio ejemplar que merece la canonización. D.E.P. Amén.

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