I
Madre mía, ¡los años corren tanto!
Mucho más para los que somos viejos,
Pero el especioso olvido con su manto
no borrará mis recuerdos añejos.
Amargas lágrimas hubo en mi llanto
noches de angustia, días perplejos…
pero llenan, María, mi corazón,
tantos versos y olorosas flores
fruto de la filial devoción
que niños y los ya mayores
declaman ante ti como canción
más bella que trinos de ruiseñores.
Con aquel infantil, tierno cariño,
de los años serenos y mejores
viví meses de mayo como niño
gozoso entre aromas y primores.
II
Confieso, oh Madre, que antaño
en la etapa de mi vida juvenil
no presentía mi decadencia de hogaño,
transcurre ahora el tiempo senil
ya sin ánimo, sí, acabado.
Un fragante paraíso, cual pensil,
era la humilde aldea donde nací,
allí, por fortuna, tuve mi cuna
y mis padres me hablaron de ti.
Hermosa ella, como ninguna
es la santa tierra de Buxán
do mis huesos descansarán,
y contigo, María, a tu vera
tendré la eterna primavera.
Llega ya esa hora, hela aquí,
y antes que enmudezca mi lira
la de esta alma que por ti suspira
el último poema de mi pobre vida,
quiero, Madre, que sea sólo para ti.
