Plenilunio (Relato infantil)

por

Dominadora en el cóncavo nocturno celeste, pasa Luna, orgullosa como quien se sabe única. Cree que las estrellas están ahí cortejándola, admirándola.   

Es mentirosa, su luz no es suya, proyecta la del Sol.

Vigila nuestras noches,  policía desde su situación privilegiada. Siempre el mismo rostro, impávida, ajena a nuestros pesares. Que pase pronto este plenilunio y nos liberaremos de Luna, de su luz insuficiente, egoísta. Que se la lleve el tiempo y el Sol no le preste más sus fulgores. No pase más sobre nosotros. ¡Aléjate, Luna!

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Ay, Luna, te miro hoy y veo tu cara lacrimosa, estuviste llorando toda la noche por lo que te dije ayer. Tus lágrimas se han convertido en estrellas. Eres sencilla, humilde. Lo transformas todo con tus rayos suaves. Las casas son más bellas, las flores gozan de verte ahí, tus rayos penetran la melena de los árboles y la revisten de plata.

Acaricias mis sueños. Sin ti no podré dormir. Me estorba el Sol, quema mi piel, ciega mis ojos y nos abandona por la noche. Tú eres humana y conoces nuestras fragilidades.

Bien dijo San Francisco de Asís, que eras de “blanca luz menor… y las estrellas claras, tan limpias, tan hermosas… y brillan en los cielos. ¡Loado mi Señor!”

¿Olvidas lo de ayer, verdad, Luna? Otra vez pasaré la noche hablando contigo, para que sepas cuantas angustias van en mi corazón y sabrás por qué ayer te hablé tan duramente. ¡Hasta siempre Luna!

Ahora entre sollozos te pido perdón, sí, perdóname, perdón… no volveré… no… no.

 

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